Todos
los días nos bombardean con la palabra. Crisis, crisis, crisis… Pones la tele y
la ves en las caras de las gentes, la oyes en los comentarios de los
periodistas, en los discursos políticos... Crisis y más crisis.
Una
de estas tardes estaba yo embobada viendo y oyendo por la tele opiniones y
comentarios al respecto, índices de parados, leyes frustradas, datos de
precios, de seguridad social… Alarmas y más alarmas. Y pensé: y nosotros aquí
esperando unas elecciones para que un gobierno comience a trabajar y poner
orden en todo esto. Porque se trata de eso, de poner orden.
Somos un país desordenado,
Lola. Tan malo es el exceso de orden como el desorden. Y aquí vamos siempre de un
extremo a otro.
Lola
me mira cuando yo hago estas reflexiones en voz alta. Sentada en su sofá
favorito, la tele puesta, lee la tele a través de mis ojos, de mis gestos, de
mis comentarios de tono alegre o pesimista, lee el tono de mi voz. Si es alegre
mueve el rabo con esa alegría contagiosa que le caracteriza, y si mi comentario
es triste, desanimado, no lo mueve, simplemente me mira con sus ojos azul
glaciar y yo le advierto en la expresión una cara de interrogante. Y como
tantas otras veces, en un momento aparto mis ojos del televisor para
encontrarme con esos ojazos escrutadores en los que con toda facilidad puedo
leer la pregunta: ¿pero… qué es la crisis?
Ay…
Lola, Lolita Lola… si tú supieras…
Verás,
una crisis es un momento muy difícil. Es un momento en que las cosas dejan de
ir bien y comienzan a ir mal, y además parece que no tiene remedio. Es como un
tren que ha roto el freno y se lanza a toda velocidad y cuesta abajo por una
vía de la que hay mucho peligro de que el tren se salga, descarrile, con la
consiguiente catástrofe. En el tren viajan muchas personas, y esas personas
tienen familias, empresas, trabajadores, amigos… Y todos ellos a su vez están
en peligro si están personas sufren. Y así una catástrofe puede multiplicar sus
efectos como las fichas de un dominó. Puede ser muy pero que muy desastroso. Recuerda
que todos dependemos de todos.
Tal
vez sea el olvido de esa idea el principio de la crisis. Creer que podemos
prescindir de los demás, y vivir la vida a nuestro antojo, ganando millones
donde otros nadan para sobrevivir, comprando y vendiendo favores, estafando y
engañando a todos, proclamando libertades donde no las hay, silenciando
opresiones que se ven a la luz de una vela… Por lo visto es fácil crear en la
gentes necesidades innecesarias, castillos en el aire. Hay gente siempre dispuesta
a creer en lo más inverosímil. Eso, la incultura, y la ambición, y el egoísmo.
Y las enormes ganas de eternizarse en el poder. Nos venden a todos por cuatro
chavos. Y a esto hay que añadir el egoísmo
del que trabaja poco y mal, egoísmo del empresario que va a la mínima pero que
desea una rentabilidad más allá de los prudente, egoísmo de los políticos que
consideran que la política consiste en gastar y gastar… Políticos del estado,
de las autonomías, de los pueblos… Todos se han contagiado. Y los bancos, esos
que siempre se encuentran delante y detrás del dinero, verdadero dios de esta
era que vivimos.
Como
ves Lola, el lío es tremendo, la situación es difícil. Hay muchos elementos en juego.
Eso es una crisis.
El
egoísmo es un componente muy peligroso del comportamiento humano, Lola.
Inventamos mucho, pero nosotros no mejoramos.
Hay
mucha gente sin escrúpulos, Lola, y al mismo tiempo mucha gente con miedo. Y la
reacción de esa mezcla es como la pescadilla que se muerde la cola. Un círculo vicioso, que decimos. El miedo
hace que la gente no gaste, y si no se gasta no se produce, y si no se produce
la gente va a la calle, y eso produce más miedo, etc. etc.
Hubo
un filósofo inglés, un tal Thomas Hobbes, que puso de moda un pensamiento
esencial con el que hay que contar siempre. El pensamiento no es suyo, lo fue,
como siempre, de un clásico, un tal Tito Macio Plauto, que en su obra Asinaria
escribe: “el hombre es un lobo para el hombre”.
La
convivencia intenta corregir ese defecto congénito de la humanidad, pero ya ves
que con escaso éxito.
El
egoísmo es el cáncer de la sociedad, Lola. No sabemos compaginar libertad con
generosidad. De ahí que sea tan difícil salir de la crisis. Porque el egoísmo está
en todas partes, anida en todos los corazones, se esconde en todas las estancias
de la casa, de los pueblos, de las comunidades, del estado… Allá donde hay
personas, viaja el egoísmo.
Necesitamos
generosidad. Grandes dosis de generosidad. En la vida política, en la cultura,
en educación, en… Todo.
¿Yo
soy generosa? Me pregunta Lola con los ojos muy abiertos. Tú tampoco, Lola.
Recuerda que cuando mamita pone comida a los gatos tú te lo comes. Te comes el
pienso de los gatos y el tuyo, Lola. Solo que aquí, el estado soy yo, y reparto
y reparto a manos llenas, sin cesar. No quiero pensar que el estado, osea yo,
un día dejara de hacerlo. ¿Qué sería de vosotros? Tendríais una crisis. Una
grave crisis.
De
la crisis Lola, solo se sale con educación, generosidad y cultura. Pero estos
elementos hace tiempo que también están en crisis. Porque la crisis, Lola,
viene de largo.
Sin
ser Tito Macio Plauto, el abuelo de un amigo le decía: “en este mundo jodío,
cada uno va a su avío”. No queda fino, pero está clavado.
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