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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Lola y la libertad



En las tardes en que el verano quiere alejarse de nosotros perezosamente, y el otoño no acaba de decidirse a entrar, aprovecho para salir al jardín y regar y quitar malas hierbas, provista de una pequeña azada.
En esas tardes, Lola aprovecha mi quehacer para arrimarse a la valla del jardín y cultivar uno de sus pasatiempos favoritos: ladrar perritos. Entre los perros vecinos y ella se establece una comunicación a base de ladridos. De vez en cuando les miro, y me sonrío a mí misma, porque realmente es como si hablaran de algo. Se apasionan, a veces se desatan acaloradamente, otras gruñen, otras callan en un silencio extraño, roto luego con ladridos aún más insistentes. ¿Serán unos del Barcelona y otros del Madrid? Jaja. Aquella tarde fue así.

Llevaban un buen rato en estas “conversaciones” mientras yo me afanaba en arrancar las hierbas y hacer surcos para que el agua corriera por donde yo quería cuando veo a Lola correr desesperada hacia mí. La insistencia de los ladridos de algún perro lejano la acompañaba en su carrera, y su cara, con los ojos muy abiertos, me alarmó. Algo le pasa a mi perrita. De pronto, nerviosa, jadeante, con la cola dando mandobles desesperados a diestro y siniestro se me plantó delante y, mirándome fijamente me fusiló con esta pregunta: ¿Yo soy libre?

Dioses del Olimpo, socorredme. De eso iba aquella desesperada conversación de perritos esta tarde. Tragué saliva mientras mi cabeza daba vueltas a toda velocidad en busca de palabras que dieran respuesta a semejante consulta. En el silencio, Lola se sentó, sin dejar de mover la cola. La vi tan desamparada, tan desorientada en su interior que quise calmarla primero, antes que nada. Me arrodillé en el suelo terroso, tendí mis brazos a ella y Lola se me acercó, necesitada como estaba de consuelo. Me besó las manos y cuando abrí mis brazos, se metió entre ellos con la cabeza gacha, como un manso cordero blanco. Yo la abracé, le besé la nívea testuz y ella me lamió las orejas. Nos quedamos así unos instantes, en los que yo la tranquilicé masajeándola. Entonces me incorporé y le dije: ven, entremos en casa, tenemos que hablar.
Mi sillón favorito es uno de esos que llaman de orejas. El de Lola es el sofá. Y allí, de un elástico saltó se subió, se acostó y apoyo su cabeza en el apoyabrazos. Sus ojos puestos en mí. Sus orejas en atención. En estos momentos siempre me estremezco y comprendo a los profesores que deben expresarse con claridad, haciéndose entender por esos mundos tan distintos y distantes que son los niños. Realmente les admiro.
Veras Lola. La libertad… no existe. Bueno, si, un poco. Pero la libertad absoluta no existe, porque no puede existir Lola. Los seres humanos y su mundo, son como las células de un cuerpo, Cada una está ligada a las otras y así, millones de ellas forman los tejidos y los órganos. No estamos solos, por eso no podemos ser absolutamente libres. Tú has visto un panal, imagínate cada celdilla, ese hexágono limitado por su seis caras con otros hexágonos y así todos y cada uno de ellos. Lo que le ocurra a uno incide en los demás. Así que Lola, la libertad de cada uno de nosotros está limitada por la libertad de los demás. Y saber encajar eso en nuestro mundo es una tarea difícil, aunque hermosa. Tal vez la más difícil y hermosa, porque estamos hablando del más grande don del que podemos gozar: la libertad.

Date cuenta Lola que los millares de guerras de este mundo que han supuesto la muerte de centenares de millones de personas, todas han sido por la libertad. Pongámosle el sobre nombre que queramos. Guerras de religión, guerras políticas, de fronteras, de odios, de razas contra razas, de supremacías de unos pueblos contra otros, de tribus contra tribus, de hombres contra hombres de odios y venganzas… Es igual.  Al final, Lola, no han sido más que guerras de libertad. Alguien quiere quitarnos la libertad y esclavizarnos a su manera. Que pensemos a su manera, que deseemos a su manera que sometamos nuestra voluntad a la suya. Hoy llámale capitalismo, socialismo, nacionalismos… La lucha por la libertad va a ser eterna, Lola.

Para ser libres, Lola, debemos aprender a respetar la libertad de los demás. Solo así podemos encajarnos unos con otros y tejer esa urdimbre elástica y colorista que es la compleja sociedad en la que vivimos.
A veces la lucha por la libertad es dolorosa, Lola. Mortal, ya te digo. Nosotros tenemos la suerte de vivir en un mundo donde la cuota de libertad es considerable. No todo el mundo vive así.

Pero esa angustia que produce la lucha diaria por el respeto a los demás, el control de uno mismo para no mortificar a nadie con nuestro despotismo, se compensa con otro de los grandes dones de los que podemos disfrutar: el amor.
Si no fuera por el amor, Lola, la vida sería una lucha sin cuartel a ver quien supera a quien, quien vence a quien, quien domina a quien. Pero el amor, Lola, suple esas ansias destructivas, nos hace amables, comprensivos, cariñosos. Nos hace perdonar, ayudar a los demás… Conseguir por vía del amor que la libertad no sea una lucha sangrienta, sino el reconocimiento de la singularidad de unos y otros.

Lola detuvo el movimiento de su cola. Sus hermosos ojos azules descansaban sobre los míos. Y me dio las gracias de la forma más maravillosa que la naturaleza le ha concedido hacer. Se levantó tranquila, sosegada en su espíritu, reconfortada por mis palabras y acudió a mí como el cordero blanco, entregada de amor. Se metió entre mis brazos, me lamió, yo la abracé y juntas gozamos ese instante de comunión.
El amor, Lola, todo lo puede. Démosle ocasión

Lola y la Religión

He tenido una extraña conversación con mi perra Lola. Ya sé que hay gente que no creerá que se pueda hablar con un perro, pero yo con mi Lolita sí. Sin hablar, claro, pero telepáticamente sí.
Todo sucedió la tarde en que miraba correos en mi ordenador. La casa estaba tranquila y un sosiego extraño reinaba en toda ella, como si de pronto hubiera entrado en otra dimensión, un universo sin ruidos.  Me impresionó la ausencia de sonidos. Es esa calma previa a la tormenta, o el sobrecogedor silencio de los animales que presienten un peligro. Ni perros que ladran, ni coches que pasan, ni motos, ni viento que mueva ramas… Nada.  Como cuando en la selva un peligro acecha y los pájaros dejan de cantar y los monos no aúllan, y hasta parece que las ramas de los árboles dejan de mecerse. Todo es una impresionante quietud. Tal fue la cosa que, sin apenas moverme, percibiendo el silencio y la extraña atmósfera de paz, alcé los ojos con cuidado por encima de la pantalla de mi ordenador, sin apenas mover la cabeza, y vi a Lola, recostada en el sofá, mirándome fijamente con sus ojos de azul glacial. Y sucedió. Así, sin más.
­―Hola ―me dijo―, hace tiempo que espero este momento. Quisiera hablarte de algo importante para mí. Un descubrimiento nuevo que he hecho sobre vosotros los humanos.
―¿Qué es? ¿A qué te refieres?
―La religión. ¿Qué es la religión?
―¿Eh? ¡Ahh…! Pues… no sé… Yo soy poco entendida en la materia, pero sí, ya hemos hablado de ello alguna vez.
―¿En qué consiste la religión? ―insistió.
―Bueno, consiste en la creencia en un dios. Un dios creador. Lo que sucede es que a lo largo de la humanidad ese dios ha cambiado de carácter. Unas veces se ha presentado como justiciero, y otras veces como un padre amoroso.
―¿Tú tienes religión?
Uffff… en aquel momento me removí incómoda en mi sillón, porque supe que Lola me iba a interrogar a fondo sobre un tema que yo tengo cerrado en mi vida desde hace tiempo, pero claro, no puedo rechazar sus necesidades de saber. Así que me iba a obligar a que pusiera del revés mi alma, como se pone un calcetín, y eso siempre da pereza y miedo, porque nunca se sabe que puede salir que estuviera allí, descuidadamente escondido.
―Verás Lola, la religión, ha sido, es y será siempre algo muy importante en la vida de la humanidad. Sería impensable nuestra historia sin la religión, las religiones, las pasadas, las actuales y si acaso las futuras. Yo no soy, no puedo ser ajena a la religión. Nadie lo es. Se podrá seguir o no, ser creyente o no, pero nadie puede ser ajeno al fenómeno, dado que la religión forma parte de nuestra idiosincrasia, como lo es la magia, la poesía, la duda, el arte… El día que los humanos tuvimos imaginación y pudimos soñar, descubrimos el cielo y… el infierno. Ambas cosas las llevamos dentro.
―Es difícil entender.
―Sí lo es. Por eso los que creen, apelan a una situación incontestable, a una muralla protectora contra la que choca una y otra vez cualquier pregunta en busca de una verdad: la fe. La fe se tiene o no se tiene. Es difícil hablar de la religión, porque toca elementos escondidos en lo más recóndito del pensamiento, allí donde la libertad es total, para crear, inventar, soñar, o… creer en dios, o dioses. De lo que si podemos hablar es de los hombres que hablan por boca de dios, que interpretan a dios, que explican a dios. Las iglesias. Los intermediarios entre dios y los hombres. Ahí si hay peligro, Lola. La iglesia reinventa a dios, y siglo tras siglo le dan… aires nuevos, a veces de forma caprichosa y a menudo no muy consecuente ni conveniente para la libertad humana.
―¿Entonces… qué soluciona Dios? ¿Sirve pues para algo?
―Naturalmente. ¿Sirve para algo la poesía, la pintura, la literatura…? A muchos les da confianza, les quita la angustia de la vida, les resuelve el problema de la seguridad, se sienten protegidos… Es el primo zumosol, ya sabes, el todopoderoso en quien se puede confiar desde el nacimiento hasta la muerte y aún más allá.
―¿Y los que no?
―Bueno, los que no siempre podemos dejarnos querer. Si lo hay, quiero pensar que es bueno y que cuidará de todos nosotros. Y si no lo hay… me basta con saber que he hecho el menor daño posible y fundirme al fin con la arena del tiempo. Que al final solo haya paz. Para mi es suficiente.
―¿Y los perritos? ¿Hay un dios de los perritos? ¿Quién cuidará de nosotros?
―Si hay dios, lo es para todos, Lola. Sería impensable que ese dios creador olvidara a alguna de sus criaturas.
Lola se me quedó mirando como diciendo… “y eso que escondes y no me dices…?
―Siempre estaremos juntas, Lola. No lo dudes. Donde sea, pero juntas.
Me sonrió, como hacen los perros, moviendo la cola. Cerró los ojos como para poner fin a la emisión, y de pronto corrió la brisa, se movieron los árboles, y una moto se dejó oír a lo lejos, y se escucharon ladridos de los perritos cercanos… y me encontré con los ojos en la pantalla de mi ordenador.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Lola y el concepto de pecado


Lola y el concepto de pecado
A veces Lola me desconcierta con sus preguntas. Últimamente, quizá por aquello de la visita del Papa, a Lola le bullen en la cabeza palabras como Religión, Dios, Pecado, Cielo, Infierno… No me son palabras ajenas, claro está, pero son palabras que no suelo utilizar ni pensar en ellas más de lo debido. Ya he dicho en alguna ocasión que yo, simplemente, confío. Ya he tenido con ella alguna conversación al respecto, pero su insistencia me hace saber que está muy interesada por esos temas. Si acaso hasta preocupada. En el fondo quiere saber si ella y yo estaremos juntas, si nuestras vidas se unen más allá o… solamente acá, si alguna vez nos separaremos, y si la vida, sea como fuere, seguirá como hasta ahora, toda feliz. Parece como si le angustiara el devenir.

En esta ocasión me deja perpleja porque me pregunta sobre el pecado. ¿Qué es pecado?

Madre mía. Desde luego no es algo de comer, Lolita. Verás, ejem. Pecado es… bueno, pues… hacer cosas malas contra los demás. Lo que está mal hecho. Lo que perjudica a uno mismo o a los otros. Así se podría definir eso del pecado según una explicación cristiana. Porque verás, Lola, no todo el mundo tiene el concepto del pecado. Los no creyentes no pueden tenerlo. Para un ateo, o simplemente un no creyente, los pecados no existen. Pero sí las malas acciones. Que pueden ser de muchas clases. El concepto de pecado, de una acción mala ante los ojos de Dios es cristiano.

Para los griegos, que tú conoces bien por aquello de Licurgo, el concepto de pecado no existía, por ejemplo. Pero sí se reconocían malas acciones o conductas en las personas. Era otro concepto diferente. Por ejemplo, el afán desmedido en la vida era una grave falta. Según ellos los seres que sobresalen demasiado, que se jactan de su condición, despiertan la ira de los dioses que les lanzan sus dardos desde el cielo, como rayos, porque les molesta todo lo que sobresale, como las grandes montañas, los grandes árboles, los grandes edificios… La moderación, la sobriedad, la medida de las cosas era para ellos la mejor forma de vida. La virtud. Eso hace que el hombre sepa siempre cual es su lugar en el universo. Y le recuerda que los humanos son mortales ante los dioses inmortales.

Lola atiende con esa mirada inquisitiva, que parece atravesar mi cerebro, que me parece estar leyendo más que escuchando. No sé si yo le explico bien, o si ella me entiende con suficiente claridad.

Ya Cervantes, en su Gitanilla, le digo, pone en manos de la abuela esas palabras que le dice a su nieta cuando se ponía filosófica y que ya me has oído alguna que otra vez: “No te asotiles tanto que te despuntarás.” Bueno, no te eleves tanto que te saldrás de madre, podríamos decir hoy. En una palabra, que no hay que pasarse.

A mí, si dejamos a dios y los dioses fuera, me parece bien lo que decían los griegos. La moderación en las cosas es una buena virtud, aunque hoy en día precisamente todo y todos nos animan a pasarnos continuamente. ¿ No serán las TV, las marcas de productos, las compras y ventas, el anhelo constante de poseer más y más cosas el mismo infierno? Desde luego tentadores como los demonios de la tradición cristiana lo son. Lo digo porque todos ellos nos invitan continuamente a pasarnos en todo. Eso da que pensar, Lolita. Los griegos no lo aprobarían. Y los griegos eran sabios.

De pronto, Lola, como cerrando la conversación me pregunta de nuevo: ¿yo tengo pecados?

Después de pensar en ello un momento, la miro fijamente y le digo: tú eres un ser puro, no tienes ambición, no deseas mal a nadie, siempre estas contenta, no quieres tener más cosas, no te marean la cabeza con que compres coches nuevos, casas nuevas, nuevas hipotecas, viajes nuevos… y miles de cosas más. Ni para los cristianos ni para los griegos eres un ser malo. Tú solo deseas querer… y que te quieran. ¿Se puede pedir más?

Lola y el ruido


Lola y el ruido


Ya me pregunto yo qué hago escribiendo sobre Lola y el ruido, pero es que a Lola le choca que los humanos necesitemos hacer ruido cuando nos encontramos felices y cuando no. En general Lola acepta bien el ruido. Si oye un cohete no se suele asustar, yo creo que porque está tan intensamente metida en su juego interno que no lo oye. Pero sí que hay muchos perros a los que los ruidos les aterran. A Nora, la sharpei de un amigo, los ruidos de truenos le causan tanto terror que se mete debajo de la cama toda temblorosa y no sale hasta que se le olvida. Y si va por la calle arrastra a su amo hasta casa y se olvida de pipis y cacas. Es curioso. También yo, ahora que ella me lo pregunta, pienso por qué nos gusta tanto hacer ruido, por qué esa necesidad de hacernos notar, siendo como sabemos que es una de las formas de contaminación más extendidas en nuestro mundo. El ruido nos atonta, nos distrae, nos saca de quicio, nos tiene en un ay incómodo y desasosegante.

En general los animales son silenciosos, a lo sumo hacen los ruidos típicos para hacerse notar ante otros, para ligar, para avisar de un peligro… Aunque sabemos de perros que continuamente ladran y molestan a los vecinos. Pero lo hacen con una intención. Son perros a los que les pasa algo, viven una situación especial que consideran de peligro para ellos o sus amos o no están debidamente socializados. Los perros suelen mostrarse silenciosos cuando cazan solos, no cuando van en jauría, que tienen que ladrar para levantar las presas. Pero salvo ruidos puntuales, ladridos con clara intención y poco más, los animales suelen ser silenciosos.

A Lola estas explicaciones no la convencen mucho y no entiende esa necesidad que tenemos de celebrar con ruido las fiestas siendo como es algo hiriente física y emocionalmente. Excesiva, sería la palabra. Un ruido al año no hace daño, pero mil ruidos a cada instante os sacan de los nervios, me dice.

En casa Lola se mantiene en silencio salvo cuando oye ladrar a algún perro. Entonces sí, se levanta a mirar y contesta con unos cuantos ladridos. Debe ser su sistema de telefonía móvil. A Lola le cuento que los más silenciosos son los elefantes, que con ruidos de bajísima frecuencia se mantienen unidos en la manada y se buscan unos a otros. Los elefantes solo barritan estruendosamente cuando quieren amedrentar al contrario o desean manifestar su poderío físico, es decir cuando es útil, y por el tiempo justo. No se pasan todo el día dando la murga a los demás. En cambio nosotros sí. Nos encanta una moto que haga ruido, tirar cohetes por cualquier cosa, tracas, castillos, gritos, silbidos, palmas… Berridos.

Yo creo Lola, que estamos tan histéricos, que deseamos, que necesitamos una válvula de escape, un gesto que nos sirva de desahogo, un exceso por donde sacar tanta mala leche, tanta frustración, tanta necesidad, tanta… De todo. De ahí los ruidos.

Los gorilas hacen ruido, mueven ramas, gritan, se golpean y hacen mil ruiditos horribles para asustar al contrario. Mira que fuerte soy y que poder tengo. Nosotros estamos desquiciados, Lola.

Lola, Lolita, que sabia y medicinal eres. Cuando la miro en las tardes, ya recogidas ambas, me transmite esa paz maravillosa, esa imagen de amable y cariñosa quietud que me sosiega, me relaja, me devuelve el equilibrio perdido durante el día en mil afanes, miles de palabras y esfuerzos y saca de mi cabeza los ruidos de la calle, del trabajo, del exceso de vivir la vida a base de lucha diaria. El corazón se acompasa a ritmo de lento y majestuoso vals.

Lola, música, lectura y cena. El alma se serena al fin.