En
las tardes en que el verano quiere alejarse de nosotros perezosamente, y el
otoño no acaba de decidirse a entrar, aprovecho para salir al jardín y regar y
quitar malas hierbas, provista de una pequeña azada.
En
esas tardes, Lola aprovecha mi quehacer para arrimarse a la valla del jardín y
cultivar uno de sus pasatiempos favoritos: ladrar perritos. Entre los perros
vecinos y ella se establece una comunicación a base de ladridos. De vez en
cuando les miro, y me sonrío a mí misma, porque realmente es como si hablaran
de algo. Se apasionan, a veces se desatan acaloradamente, otras gruñen, otras
callan en un silencio extraño, roto luego con ladridos aún más insistentes. ¿Serán
unos del Barcelona y otros del Madrid? Jaja. Aquella tarde fue así.
Llevaban
un buen rato en estas “conversaciones” mientras yo me afanaba en arrancar las
hierbas y hacer surcos para que el agua corriera por donde yo quería cuando veo
a Lola correr desesperada hacia mí. La insistencia de los ladridos de algún perro
lejano la acompañaba en su carrera, y su cara, con los ojos muy abiertos, me
alarmó. Algo le pasa a mi perrita. De pronto, nerviosa, jadeante, con la cola
dando mandobles desesperados a diestro y siniestro se me plantó delante y, mirándome
fijamente me fusiló con esta pregunta: ¿Yo soy libre?
Dioses
del Olimpo, socorredme. De eso iba aquella desesperada conversación de perritos
esta tarde. Tragué saliva mientras mi cabeza daba vueltas a toda velocidad en
busca de palabras que dieran respuesta a semejante consulta. En el silencio,
Lola se sentó, sin dejar de mover la cola. La vi tan desamparada, tan
desorientada en su interior que quise calmarla primero, antes que nada. Me
arrodillé en el suelo terroso, tendí mis brazos a ella y Lola se me acercó,
necesitada como estaba de consuelo. Me besó las manos y cuando abrí mis brazos,
se metió entre ellos con la cabeza gacha, como un manso cordero blanco. Yo la
abracé, le besé la nívea testuz y ella me lamió las orejas. Nos quedamos así
unos instantes, en los que yo la tranquilicé masajeándola. Entonces me
incorporé y le dije: ven, entremos en casa, tenemos que hablar.
Mi
sillón favorito es uno de esos que llaman de orejas. El de Lola es el sofá. Y
allí, de un elástico saltó se subió, se acostó y apoyo su cabeza en el apoyabrazos.
Sus ojos puestos en mí. Sus orejas en atención. En estos momentos siempre me
estremezco y comprendo a los profesores que deben expresarse con claridad,
haciéndose entender por esos mundos tan distintos y distantes que son los
niños. Realmente les admiro.
Veras
Lola. La libertad… no existe. Bueno, si, un poco. Pero la libertad absoluta no
existe, porque no puede existir Lola. Los seres humanos y su mundo, son como
las células de un cuerpo, Cada una está ligada a las otras y así, millones de ellas
forman los tejidos y los órganos. No estamos solos, por eso no podemos ser
absolutamente libres. Tú has visto un panal, imagínate cada celdilla, ese
hexágono limitado por su seis caras con otros hexágonos y así todos y cada uno
de ellos. Lo que le ocurra a uno incide en los demás. Así que Lola, la libertad
de cada uno de nosotros está limitada por la libertad de los demás. Y saber
encajar eso en nuestro mundo es una tarea difícil, aunque hermosa. Tal vez la
más difícil y hermosa, porque estamos hablando del más grande don del que
podemos gozar: la libertad.
Date
cuenta Lola que los millares de guerras de este mundo que han supuesto la
muerte de centenares de millones de personas, todas han sido por la libertad.
Pongámosle el sobre nombre que queramos. Guerras de religión, guerras
políticas, de fronteras, de odios, de razas contra razas, de supremacías de
unos pueblos contra otros, de tribus contra tribus, de hombres contra hombres
de odios y venganzas… Es igual. Al
final, Lola, no han sido más que guerras de libertad. Alguien quiere quitarnos
la libertad y esclavizarnos a su manera. Que pensemos a su manera, que deseemos
a su manera que sometamos nuestra voluntad a la suya. Hoy llámale capitalismo,
socialismo, nacionalismos… La lucha por la libertad va a ser eterna, Lola.
Para
ser libres, Lola, debemos aprender a respetar la libertad de los demás. Solo
así podemos encajarnos unos con otros y tejer esa urdimbre elástica y colorista
que es la compleja sociedad en la que vivimos.
A
veces la lucha por la libertad es dolorosa, Lola. Mortal, ya te digo. Nosotros
tenemos la suerte de vivir en un mundo donde la cuota de libertad es
considerable. No todo el mundo vive así.
Pero
esa angustia que produce la lucha diaria por el respeto a los demás, el control
de uno mismo para no mortificar a nadie con nuestro despotismo, se compensa con
otro de los grandes dones de los que podemos disfrutar: el amor.
Si
no fuera por el amor, Lola, la vida sería una lucha sin cuartel a ver quien supera
a quien, quien vence a quien, quien domina a quien. Pero el amor, Lola, suple
esas ansias destructivas, nos hace amables, comprensivos, cariñosos. Nos hace
perdonar, ayudar a los demás… Conseguir por vía del amor que la libertad no sea
una lucha sangrienta, sino el reconocimiento de la singularidad de unos y
otros.
Lola
detuvo el movimiento de su cola. Sus hermosos ojos azules descansaban sobre los
míos. Y me dio las gracias de la forma más maravillosa que la naturaleza le ha
concedido hacer. Se levantó tranquila, sosegada en su espíritu, reconfortada
por mis palabras y acudió a mí como el cordero blanco, entregada de amor. Se
metió entre mis brazos, me lamió, yo la abracé y juntas gozamos ese instante de
comunión.
El
amor, Lola, todo lo puede. Démosle ocasión


