He
tenido una extraña conversación con mi perra Lola. Ya sé que hay gente
que no creerá que se pueda hablar con un perro, pero yo con mi Lolita
sí. Sin hablar, claro, pero telepáticamente sí.
Todo
sucedió la tarde en que miraba correos en mi ordenador. La casa estaba
tranquila y un sosiego extraño reinaba en toda ella, como si de pronto
hubiera entrado en otra dimensión, un universo sin ruidos. Me
impresionó la ausencia de sonidos. Es esa calma previa a la tormenta, o
el sobrecogedor silencio de los animales que presienten un peligro. Ni
perros que ladran, ni coches que pasan, ni motos, ni viento que mueva
ramas… Nada. Como cuando en la selva un peligro acecha y
los pájaros dejan de cantar y los monos no aúllan, y hasta parece que
las ramas de los árboles dejan de mecerse. Todo es una impresionante
quietud. Tal fue la cosa que, sin apenas moverme, percibiendo el
silencio y la extraña atmósfera de paz, alcé los ojos con cuidado por
encima de la pantalla de mi ordenador, sin apenas mover la cabeza, y vi a
Lola, recostada en el sofá, mirándome fijamente con sus ojos de azul
glacial. Y sucedió. Así, sin más.
―Hola
―me dijo―, hace tiempo que espero este momento. Quisiera hablarte de
algo importante para mí. Un descubrimiento nuevo que he hecho sobre
vosotros los humanos.
―¿Qué es? ¿A qué te refieres?
―La religión. ¿Qué es la religión?
―¿Eh? ¡Ahh…! Pues… no sé… Yo soy poco entendida en la materia, pero sí, ya hemos hablado de ello alguna vez.
―¿En qué consiste la religión? ―insistió.
―Bueno,
consiste en la creencia en un dios. Un dios creador. Lo que sucede es
que a lo largo de la humanidad ese dios ha cambiado de carácter. Unas
veces se ha presentado como justiciero, y otras veces como un padre
amoroso.
―¿Tú tienes religión?
Uffff…
en aquel momento me removí incómoda en mi sillón, porque supe que Lola
me iba a interrogar a fondo sobre un tema que yo tengo cerrado en mi
vida desde hace tiempo, pero claro, no puedo rechazar sus necesidades de
saber. Así que me iba a obligar a que pusiera del revés mi alma, como
se pone un calcetín, y eso siempre da pereza y miedo, porque nunca se
sabe que puede salir que estuviera allí, descuidadamente escondido.
―Verás
Lola, la religión, ha sido, es y será siempre algo muy importante en la
vida de la humanidad. Sería impensable nuestra historia sin la
religión, las religiones, las pasadas, las actuales y si acaso las
futuras. Yo no soy, no puedo ser ajena a la religión. Nadie lo es. Se
podrá seguir o no, ser creyente o no, pero nadie puede ser ajeno al
fenómeno, dado que la religión forma parte de nuestra idiosincrasia,
como lo es la magia, la poesía, la duda, el arte… El día que los humanos
tuvimos imaginación y pudimos soñar, descubrimos el cielo y… el
infierno. Ambas cosas las llevamos dentro.
―Es difícil entender.
―Sí
lo es. Por eso los que creen, apelan a una situación incontestable, a
una muralla protectora contra la que choca una y otra vez cualquier
pregunta en busca de una verdad: la fe. La fe se tiene o no se tiene. Es
difícil hablar de la religión, porque toca elementos escondidos en lo
más recóndito del pensamiento, allí donde la libertad es total, para
crear, inventar, soñar, o… creer en dios, o dioses. De lo que si podemos
hablar es de los hombres que hablan por boca de dios, que interpretan a
dios, que explican a dios. Las iglesias. Los intermediarios entre dios y
los hombres. Ahí si hay peligro, Lola. La iglesia reinventa a dios, y
siglo tras siglo le dan… aires nuevos, a veces de forma caprichosa y a
menudo no muy consecuente ni conveniente para la libertad humana.
―¿Entonces… qué soluciona Dios? ¿Sirve pues para algo?
―Naturalmente.
¿Sirve para algo la poesía, la pintura, la literatura…? A muchos les da
confianza, les quita la angustia de la vida, les resuelve el problema
de la seguridad, se sienten protegidos… Es el primo zumosol, ya sabes,
el todopoderoso en quien se puede confiar desde el nacimiento hasta la
muerte y aún más allá.
―¿Y los que no?
―Bueno,
los que no siempre podemos dejarnos querer. Si lo hay, quiero pensar
que es bueno y que cuidará de todos nosotros. Y si no lo hay… me basta
con saber que he hecho el menor daño posible y fundirme al fin con la
arena del tiempo. Que al final solo haya paz. Para mi es suficiente.
―¿Y los perritos? ¿Hay un dios de los perritos? ¿Quién cuidará de nosotros?
―Si hay dios, lo es para todos, Lola. Sería impensable que ese dios creador olvidara a alguna de sus criaturas.
Lola se me quedó mirando como diciendo… “y eso que escondes y no me dices…?
―Siempre estaremos juntas, Lola. No lo dudes. Donde sea, pero juntas.
Me
sonrió, como hacen los perros, moviendo la cola. Cerró los ojos como
para poner fin a la emisión, y de pronto corrió la brisa, se movieron
los árboles, y una moto se dejó oír a lo lejos, y se escucharon ladridos
de los perritos cercanos… y me encontré con los ojos en la pantalla de
mi ordenador.

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