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miércoles, 7 de septiembre de 2011

Lola y el concepto de pecado


Lola y el concepto de pecado
A veces Lola me desconcierta con sus preguntas. Últimamente, quizá por aquello de la visita del Papa, a Lola le bullen en la cabeza palabras como Religión, Dios, Pecado, Cielo, Infierno… No me son palabras ajenas, claro está, pero son palabras que no suelo utilizar ni pensar en ellas más de lo debido. Ya he dicho en alguna ocasión que yo, simplemente, confío. Ya he tenido con ella alguna conversación al respecto, pero su insistencia me hace saber que está muy interesada por esos temas. Si acaso hasta preocupada. En el fondo quiere saber si ella y yo estaremos juntas, si nuestras vidas se unen más allá o… solamente acá, si alguna vez nos separaremos, y si la vida, sea como fuere, seguirá como hasta ahora, toda feliz. Parece como si le angustiara el devenir.

En esta ocasión me deja perpleja porque me pregunta sobre el pecado. ¿Qué es pecado?

Madre mía. Desde luego no es algo de comer, Lolita. Verás, ejem. Pecado es… bueno, pues… hacer cosas malas contra los demás. Lo que está mal hecho. Lo que perjudica a uno mismo o a los otros. Así se podría definir eso del pecado según una explicación cristiana. Porque verás, Lola, no todo el mundo tiene el concepto del pecado. Los no creyentes no pueden tenerlo. Para un ateo, o simplemente un no creyente, los pecados no existen. Pero sí las malas acciones. Que pueden ser de muchas clases. El concepto de pecado, de una acción mala ante los ojos de Dios es cristiano.

Para los griegos, que tú conoces bien por aquello de Licurgo, el concepto de pecado no existía, por ejemplo. Pero sí se reconocían malas acciones o conductas en las personas. Era otro concepto diferente. Por ejemplo, el afán desmedido en la vida era una grave falta. Según ellos los seres que sobresalen demasiado, que se jactan de su condición, despiertan la ira de los dioses que les lanzan sus dardos desde el cielo, como rayos, porque les molesta todo lo que sobresale, como las grandes montañas, los grandes árboles, los grandes edificios… La moderación, la sobriedad, la medida de las cosas era para ellos la mejor forma de vida. La virtud. Eso hace que el hombre sepa siempre cual es su lugar en el universo. Y le recuerda que los humanos son mortales ante los dioses inmortales.

Lola atiende con esa mirada inquisitiva, que parece atravesar mi cerebro, que me parece estar leyendo más que escuchando. No sé si yo le explico bien, o si ella me entiende con suficiente claridad.

Ya Cervantes, en su Gitanilla, le digo, pone en manos de la abuela esas palabras que le dice a su nieta cuando se ponía filosófica y que ya me has oído alguna que otra vez: “No te asotiles tanto que te despuntarás.” Bueno, no te eleves tanto que te saldrás de madre, podríamos decir hoy. En una palabra, que no hay que pasarse.

A mí, si dejamos a dios y los dioses fuera, me parece bien lo que decían los griegos. La moderación en las cosas es una buena virtud, aunque hoy en día precisamente todo y todos nos animan a pasarnos continuamente. ¿ No serán las TV, las marcas de productos, las compras y ventas, el anhelo constante de poseer más y más cosas el mismo infierno? Desde luego tentadores como los demonios de la tradición cristiana lo son. Lo digo porque todos ellos nos invitan continuamente a pasarnos en todo. Eso da que pensar, Lolita. Los griegos no lo aprobarían. Y los griegos eran sabios.

De pronto, Lola, como cerrando la conversación me pregunta de nuevo: ¿yo tengo pecados?

Después de pensar en ello un momento, la miro fijamente y le digo: tú eres un ser puro, no tienes ambición, no deseas mal a nadie, siempre estas contenta, no quieres tener más cosas, no te marean la cabeza con que compres coches nuevos, casas nuevas, nuevas hipotecas, viajes nuevos… y miles de cosas más. Ni para los cristianos ni para los griegos eres un ser malo. Tú solo deseas querer… y que te quieran. ¿Se puede pedir más?

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