
Lola y el ruido
Ya me pregunto yo qué hago escribiendo sobre Lola y el ruido, pero es que a Lola le choca que los humanos necesitemos hacer ruido cuando nos encontramos felices y cuando no. En general Lola acepta bien el ruido. Si oye un cohete no se suele asustar, yo creo que porque está tan intensamente metida en su juego interno que no lo oye. Pero sí que hay muchos perros a los que los ruidos les aterran. A Nora, la sharpei de un amigo, los ruidos de truenos le causan tanto terror que se mete debajo de la cama toda temblorosa y no sale hasta que se le olvida. Y si va por la calle arrastra a su amo hasta casa y se olvida de pipis y cacas. Es curioso. También yo, ahora que ella me lo pregunta, pienso por qué nos gusta tanto hacer ruido, por qué esa necesidad de hacernos notar, siendo como sabemos que es una de las formas de contaminación más extendidas en nuestro mundo. El ruido nos atonta, nos distrae, nos saca de quicio, nos tiene en un ay incómodo y desasosegante.
En general los animales son silenciosos, a lo sumo hacen los ruidos típicos para hacerse notar ante otros, para ligar, para avisar de un peligro… Aunque sabemos de perros que continuamente ladran y molestan a los vecinos. Pero lo hacen con una intención. Son perros a los que les pasa algo, viven una situación especial que consideran de peligro para ellos o sus amos o no están debidamente socializados. Los perros suelen mostrarse silenciosos cuando cazan solos, no cuando van en jauría, que tienen que ladrar para levantar las presas. Pero salvo ruidos puntuales, ladridos con clara intención y poco más, los animales suelen ser silenciosos.
A Lola estas explicaciones no la convencen mucho y no entiende esa necesidad que tenemos de celebrar con ruido las fiestas siendo como es algo hiriente física y emocionalmente. Excesiva, sería la palabra. Un ruido al año no hace daño, pero mil ruidos a cada instante os sacan de los nervios, me dice.
En casa Lola se mantiene en silencio salvo cuando oye ladrar a algún perro. Entonces sí, se levanta a mirar y contesta con unos cuantos ladridos. Debe ser su sistema de telefonía móvil. A Lola le cuento que los más silenciosos son los elefantes, que con ruidos de bajísima frecuencia se mantienen unidos en la manada y se buscan unos a otros. Los elefantes solo barritan estruendosamente cuando quieren amedrentar al contrario o desean manifestar su poderío físico, es decir cuando es útil, y por el tiempo justo. No se pasan todo el día dando la murga a los demás. En cambio nosotros sí. Nos encanta una moto que haga ruido, tirar cohetes por cualquier cosa, tracas, castillos, gritos, silbidos, palmas… Berridos.
Yo creo Lola, que estamos tan histéricos, que deseamos, que necesitamos una válvula de escape, un gesto que nos sirva de desahogo, un exceso por donde sacar tanta mala leche, tanta frustración, tanta necesidad, tanta… De todo. De ahí los ruidos.
Los gorilas hacen ruido, mueven ramas, gritan, se golpean y hacen mil ruiditos horribles para asustar al contrario. Mira que fuerte soy y que poder tengo. Nosotros estamos desquiciados, Lola.
Lola, Lolita, que sabia y medicinal eres. Cuando la miro en las tardes, ya recogidas ambas, me transmite esa paz maravillosa, esa imagen de amable y cariñosa quietud que me sosiega, me relaja, me devuelve el equilibrio perdido durante el día en mil afanes, miles de palabras y esfuerzos y saca de mi cabeza los ruidos de la calle, del trabajo, del exceso de vivir la vida a base de lucha diaria. El corazón se acompasa a ritmo de lento y majestuoso vals.
Lola, música, lectura y cena. El alma se serena al fin.
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