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domingo, 17 de julio de 2011

Los perros de Licurgo



Parece que no, pero escucha. A veces, sentada a mis pies, en las tardes de relax, cuando ya el alma se nos serena, aprovecho para leer, y, por qué no, lo hago en voz alta para que ella me oiga. Le he contado historias de perros, de Supercan, de Rin-tin-tin, de los perros de San Bernardo y hasta del perro de San Roque. Pero una de las historias que más me gusta es la de los perros de Licurgo.

Este Licurgo fue un fantástico personaje de la era de Esparta y Atenas. Concretamente espartano, fue un gran legislador y filósofo que revolucionó a su ciudad e hizo de Esparta una sociedad de guerreros disciplinados, con un gran sentido de la patria, de la ética y la justicia. No voy a disertar sobre Licurgo, pero tan solo una frase le define muy bien: Lo importante de las leyes no es que sean buenas o malas, sino que sean coherentes. Solo así servirán a su propósito". Eso es un tío serio y no… En fin, eso.

Pues por aquel entonces las gentes, aunque parezca increíble, estaban muy preocupadas por la educación, en la que sin duda Licurgo tenía mucho que decir. Es muy cierto que la tele no se había inventado. Un día los mandamases de la ciudad pidieron a Licurgo que hablase a las gentes sobre las bondades de la educación. Y Licurgo les pidió un año de plazo para disertar sobre el asunto. No sabían los próceres el por qué de tanto tiempo para un discursito, pero Licurgo, hombre dado a pensar así lo pidió.

Pasado el tiempo previsto Licurgo volvió a Esparta con dos perros y dos liebres. Un perro erra blanco, hembra. Ya me entendéis ustedes vosotros. No sé como se dice Lola en espartano, pero Dolores, en el griego moderno se escribe “πόνος.” Toma ya.

La gente se apiñaba en la plaza como ahora cuando canta un jovenzuelo/a de la modernidad televisiva. Pero no había guitarras ni megafonía, ni luces… Solo Licurgo, subido en lo alto de la escalinata blanca del foro. Se hizo el silencio. Licurgo pidió un pasillo entre la multitud para que contemplaran cuanto iba a suceder. De una jaula salió rauda como el viento una liebre, y tras ella, veloz como el rayo uno de los perros. Y ante la multitud enfervorecida el perro dio caza a la liebre y, mordiéndola en el cuello la mató. Las gargantas enmudecieron sobrecogidas ante la imagen de la liebre ensangrentada entre las fauces del perro.

De la jaula salió la otra liebre, que lejos de correr como alma que lleva el diablo, se entretuvo olisqueando los pies polvorientos de las gentes o comiendo las hojas de verduras perdidas en el suelo Y ante la expectación general, esperando ver de nuevo una caza encarnizada, salió la perra blanca. Corrió hacia la liebre, se miraron ambas, se olieron mutuamente, hocico con hocico. La tensión general y el silencio absoluto cortaban el aire, más de pronto ambos animales comenzaron a jugar. El despiporre general y los aplausos ante tamaña muestra de generosidad y cariño fue magistral Y de entre la multitud, alzó los brazos Licurgo para pedir silencio y dijo: estos son los poderes de la educación. El primer perro solo obedecía a su instinto, el segundo ha sido educado y ve al conejo como el amigo feliz de sus juegos.

Pues sí, amigos/as. Ni que decir tiene que mi perra Lola ya estaba dando clases con el amigo Licurgo. Y es que mi Lolita… es mucha Lolita. Y colorín colorado… Vaya, se ha dormido a mis pies. En fin.

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