
Hacerse mayor
Es extraordinaria la cantidad de perros mascotas que hay hoy en día. En España hemos pasado de poner latas a los perros en las colas, de verlos hambrientos y solos vagabundeando por las calles a esta fiesta de perros de todas las razas. Comenzamos a tener, como es sabido, un nuevo problema, la inconsistencia de la gente que al más mínimo contratiempo se deshace del perro abandonándolo. Los perros estaban preparados para convivir con nosotros, pero nosotros no lo estamos tanto con ellos y por eso los perros no nos abandonan jamás y nosotros a ellos sí. Las perreras y ONGs dedicados al refugio de animales están llenas, las adopciones no se hacen siempre con la agilidad que se quisiera, algunos perros, inevitablemente, nadie los va a adoptar… En fin, no quiero entristecer el alma pensando en el pobre fin de esos perritos sin culpa de nada. Tener como mascota a un perro es una grave responsabilidad. Eres el encargado de su felicidad o su desgracia. Demasiado poder para quien no tiene educación ni sensibilidad.
Hay una nueva modalidad de abandono que se ve en las perreras: el perro viejo. Es a ese a quien me refiero especialmente. O al perro enfermo cuyos gastos de veterinario no son asumibles por el dueño y decide abandonarlo a su suerte. Si hay alguien que represente la gratitud y fidelidad es el perro, y si hay alguien que represente la ingratitud e infidelidad es el hombre.
Todos sabemos, queridos amigos/as, historias al respecto, tanto de humanos como de perros. Cuento hoy dos, brevemente, que todos conocemos pero que vale la pena recordar.
El abuelo que ya mayor, molesta en casa, con sus achaques, y deciden llevarlo a una “residencia” de ancianos, que es como ahora se llama el asunto para que no asuste. El abuelo, el hijo y el nieto van juntos a entregar al abuelo a la susodicha institución y, ante la entrada del “apartaabuelos” el hijo le dice a su padre: ¿es aquí donde yo tengo que traerte cuando tú te hagas viejo?
Afortunadamente aquello hizo pensar al padre y decidió volver con el abuelo a su lugar natural, su hogar, con su familia.
Un perro jamás lo habría hecho.
La siguiente historia está sacada de una de las famosas fábulas de Esopo. Es la de un viejo perro cazador, que de joven nunca se rindió ante ninguna bestia en sus días de caza, pero que en sus días ancianos tropezó con un jabalí en una cacería. Aunque lo agarró por la oreja no pudo retenerlo porque sus dientes ya eran débiles y así, el jabalí se escapó.
El amo llegó disgustado y reprendió al perro de mala manera. Y este, penosamente le dijo: mi amo, mi espíritu es tan bueno como siempre pero no puedo sobreponerme a mis flaquezas. Yo prefiero que me alabes por lo que he sido y que no me maltrates por lo que ahora soy.
Cuando veo a mi perra Lola toda llena de vitalidad, fuerte y ágil, pienso en cuando sea mayor, y ya no pueda hacer todo lo que hace hoy. También yo seré más mayor, y espero que eso me sirva para entender que Lola es la Lola de siempre, toda amor y fidelidad, asunto por el cual la traje a casa un día. Sé que Lola me dará ese amor toda su vida, como yo a ella el mío. Y eso es lo importante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario